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Sobre el oficio de presidir una COP

Publicado: 2014-12-02

No es un encargo cualquiera. Presidir una Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), como la que ahora se realiza en Lima, implica gran energía para movilizar la organización, decisión para movilizar todo un aparato institucional, un enorme talento político para manejar la negociación. De allí que Manuel Pulgar Vidal esté en el ojo del huracán climático.

Como nuestro ministro del Ambiente, es también el presidente de la COP 20 y lo primero que podría decirse de él es que ha salido al ruedo con ánimo de embestir cualquier obstáculo y hacer los pases necesarios para este mega evento funcione. Pudo no haber aceptado, por ejemplo, debatir con Hernando de Soto sobre minería informal, en vísperas de la tormenta. Pero si aceptó es, al parecer, porque quiere poner la pelota en la cancha.

En la historia reciente de las COPs, sin embargo, no siempre el presidente de la Convención perpetra una buena faena. En la del 2009, la de Copenhague (COP 15) –aquella que casi descarrila por siempre jamás el proceso de negociación climática- ocurrieron algunas cosas extrañas. Connie Hedegaard, la ministra del Ambiente danesa, presidía el evento, pero en la segunda semana fue reemplazada por el primer ministro.

Lars Lokke Rasmussen, quien ejercía ese cargo, no jugó un papel adecuado según algunos presentes en esa COP, porque no conocía mucho el tema (a diferencia de Hedegaard, que incluso luego fue, hasta noviembre de este año, Comisaria Europea sobre Cambio Climático), al punto que hacia el final no se alcanzó un consenso entre las Partes. La consecuencia fue que se gestó un documento fuera de los códigos de la negociación.

Como no se alcanzaba el consenso –que es la norma para negociar en las COPs- Estados Unidos, China, India, Brasil y Sudáfrica propiciaron un acuerdo, al que se sumaron al menos 25 países más. Una fuente diplomática en reserva refiere que, si hubiera habido una presidencia más hábil, eso no habría ocurrido. “En cierto modo –comenta- se le fue de las manos la Conferencia el Primer Ministro y, por eso, se tomó esa ruta.

Tal documento es denominado los Acuerdos de Copenhague y es el que nació, con fórceps geopolítico, ante la imposibilidad de generar un nuevo acuerdo global vinculante en la COP15. Según Anabella Rosemberg, de la International Trade Union Confederation, una organización mundial de sindicalistas, fue allí donde comenzó a gestarse la idea de que se podía tener un acuerdo “que no tenga como base en la ciencia”.

Es decir que cada país contribuya de acuerdo a sus posibilidades, no tanto teniendo en cuenta las urgencias del IPCC, el organismo científico que monitorea el clima. Al año siguiente, en la COP 16 de Cancún, la presidencia estuvo a cargo de la canciller mexicana Patricia Espinosa, lo que sugiere la importancia que le dio su gobierno a la Conferencia. La tarea consistió en hacer que la negociación climática regrese a la escena oficial.

Al ámbito multilateral, como señala otra fuente diplomática. Ya no serían una treintena de países los que alumbrarían un documento, como ocurrió en Copenhague, sino todas las Partes. Bolivia en esa cumbre se quedó sola contra el mundo, porque no aceptaba esa ruta, pero la muñeca política de los mexicanos, en alianza con países latinoamericanos, incluido el Perú, lograron que la COP 16 hiciera respirar de nuevo a la CMNUCC.

Nuevamente, el papel de la presidencia de la COP fue clave. En la COP siguiente, la de Durban, Sudáfrica, en el 2011, se pusieron en evidencia, de acuerdo a algunos presentes, cierta desorganización y falta de conducción política. La presidió Maite Nkoana-Mashabane, la ministra de Asuntos Exteriores, y, con todo, dio origen al Fondo Verde del Clima y a la prolongación del Protocolo de Kioto, que se extendió hasta el año 2020.

También a la Plataforma de Durban, que se propuso como objetivo lograr el nuevo acuerdo global el 2015, en París (cuyo borrador se debe hacer en Lima, en la actual COP 20). La versión de algunos asistentes es que fue más una conquista de los delegados, los latinoamericanos o los de la UE entre otros, no de la ministra. Se espera, como en el caso de Copenhague, que fuera la ministra del Ambiente, Edna Molewa, la presidenta.

La COP 18 de Doha, Qatar, no fue muy relevante, pero siguió en la línea de mantener vivo el fuego de conseguir un nuevo acuerdo global. En la de Varsovia, ocurrió incluso algo insólito: el ministro del Ambiente, Marcin Korolec, quien presidía la COP 19, fue sacado del gabinete por el Primer Ministro de Polonia, Donald Tusk. Se dijo que era para que se aboque plenamente al evento, pero quedó en el ambiente otra sensación.

Se sentía que no se le daba mucha importancia al tema, desde el gobierno, al menos desde el punto de vista ambiental. Simultáneamente, había una Cumbre sobre el carbón en Polonia, donde este combustible fósil es muy usado. Fue la COP donde varias ONGs –Greenpeace, la WWF y otras- se retiraron de la plenaria final, por considerar que no se estaba trabajando con seriedad. Una presidencia sólida podía haberlo evitado.

A Pulgar Vidal no le ha pasado nada de esto. Es un entendido en el tema ambiental, pues trabajó por años en la Sociedad Peruana de Derecho Ambiental (SPDA) y, en algunos episodios que ha tenido que enfrentar como ministro ha logrado capear el temporal. O evitar que las cosas se descarrilen totalmente, como cuando tuvo que enfrentar las consecuencias del denominado ‘paquetazo ambiental’, que le recortaba funciones.

Por eso, se ve con gran atención la manera cómo presidirá la COP 20, la del borrador clave para el acuerdo global vinculante que reemplace al Protocolo de Kioto en el 2020. La que pueda avanzar en los temas de mitigación o adaptación. La que, finalmente, mantenga la luz y no destroze la esperanza de hacer que 195 países acepten mojarse por el clima. El ministro debe andar desvelado, pero, suponemos, también esperanzado.


Escrito por

Ramiro Escobar

Periodista. Especializado en temas internacionales y ambientales.


Publicado en

MeditaCOP

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